06 octubre 2026

Oscar Wilde y el Amor

Amamos mientras queda algo por descubrir.

El día que creemos conocer por completo a quien tenemos enfrente, dejamos de mirarlo y comenzamos simplemente a recordarlo. Desde entonces ya no convivimos con una persona, sino con la idea que nos hemos formado de ella, y pocas prisiones son tan cómodas como una idea equivocada.

Por eso los amantes se hacen promesas eternas, el presente les parece demasiado pequeño para contener lo que sienten. Lo curioso es que después dedican años enteros a exigirle al otro que siga siendo la persona que hizo aquella promesa.

Quizá amar de verdad consista precisamente en lo contrario, permitir que alguien cambie sin considerar cada cambio una traición, porque poseer a una persona es sencillo, basta un apellido, una casa, una llave compartida y cierta aprobación de los vecinos, pero conservar el misterio de alguien después de haber conocido sus heridas, sus vanidades, sus silencios, y sus pequeñas crueldades cotidianas, exige algo mucho más raro que la fidelidad, exige imaginación, y sin imaginación el amor se vuelve administración.

He llegado a sospechar que no dejamos de amar cuando desaparece el deseo, dejamos de amar cuando desaparece la curiosidad.

Mientras todavía podamos mirar a quien duerme a nuestro lado y preguntarnos con una leve inquietud ¿quién es realmente esa criatura a la que hemos entregado tantos años?, todavía queda esperanza, pues el amor que ha sobrevivido al conocimiento, no necesita cerrar los ojos ante los defectos, necesita abrirlos, y aún así, encontrar algo que mirar.

La última paradoja es quizá la más cruel. Queremos que nos amen por quienes somos, pero solo podemos seguir siendo amados mientras no terminemos de ser descubiertos.

Más allá de la tumba, Oscar Wilde